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14/02/2012 
Por el caso de los “narcopolicías”, uno de los imputados dio testimonio ante el
 Salta - El exsubcomisario y exjefe de la División de Inteligencia Criminal Gabriel Giménez aseguró -en un manuscrito de su puño y letra que entregó al juez federal Julio Bavio, quien investiga las supuestas actividades de una banda de narcopolicías salteños- que jamás ha traficado droga, que la droga hallada en un operativo “fortuito” le fue “plantada” y acusó por ello al exsecretario de Seguridad de la Provincia Aldo Rogelio Saravia, a quien sindica como el “armador” del procedimiento.

Giménez, quien escapó de un control policial realizado en un camino vecinal, cerca de Güemes -junto a Marcelo Francisco Irahola, alias “Lobito”, un colombiano-boliviano de pésimos antecedentes- el 25 de mayo del año pasado, fue capturado el 9 de enero pasado en Santa Cruz de la Sierra, en una acción coordinada por fuerzas de seguridad combinadas de Bolivia y Argentina y, según su versión, trasladado clandestinamente a nuestro país, sin dar cumplimiento al más mínimo protocolo.

Ahora se halla preso en la cárcel federal de Güemes, donde también está su colega Carlos Gallardo, detenido durante el procedimiento efectuado en mayo del año anterior.

En su primera declaración ante el magistrado, negó ser narcotraficante y advirtió ser víctima de una venganza por parte de autoridades superiores, por negarse a continuar con tareas de escuchas telefónicas y espionajes personales e informáticos a terceros, entre ellos dirigentes de la oposición, periodistas, empresarios y hasta integrantes del equipo gubernamental del Centro Cívico Grand Bourg, especialmente a los que cumplen funciones en la Secretaría de Prensa.

Giménez reconoció haber estado con Irahola cuando huyó, pero dijo que esa noche no traía droga sino que custodiaba junto a Gallardo, que los seguía, armado y en otro auto, un despacho de $800.000 procedente de Orán, vía Bolivia, y que debía ser trasladado a Salta primero y a Buenos Aires después, lo que les daría un rédito de $3.500 a cada uno.

“Tenía desconfianza y miedo de que nos mejicanearan”, señaló al explicar las razones de su desplazamiento por un camino vecinal.

“El dinero se hallaba en una bolsa de tela verde y contenía $870.000, discriminados en 87 fajos de $100 y un fajo de $6.000”, especificó.

“A horas 20, cuando circulábamos junto a Irahola como vehículo de cabecera, observé a lo lejos chalecos refractarios; me asusté, porque eran dos opciones: o personal de una fuerza de seguridad o delincuentes, por lo que instintivamente miré hacia atrás y no visualizaba el automóvil de Gallardo, por lo que, en forma inmediata, le dije, vía radial, que estábamos en problemas”, continuó.

“Era un control policial; nos hicieron una inspección visual y nos dijeron que continuáramos la marcha. Al alejarnos, observamos que la camioneta en la que se encontraba la policía salió presurosamente rumbo al norte, sin saber por qué...”. (Era la persecución de Gallardo).

Luego, cuenta que se quedaron atascados en el río Toro, que fueron a Güemes a pedir ayuda para sacar el vehículo y que, finalmente, llamó a sus hermanos a Salta para que los rescataran. Cuando llegaron ellos a auxiliarlo, lo retaron preguntándole en qué andaba.

“Cuando nos trasladábamos al lugar donde estaba atascado el auto de Irahola, observé que pasaba a gran velocidad una camioneta dorada o champán, lo que me hizo pensar que habían robado el dinero, que estaba en el baúl. Al llegar, observé el movimiento de personas cerca del rodado por lo que le pedí a Luis que diera la vuelta y apagara las luces, y nos fuéramos rápido. Mi otro hermano, Carlos, comenzó a insultarme y me dijo: "­Dónde nos metiste, hijo de puta!'. Luego observé a lo lejos una luz de un vehículo que nos seguía. No sabía si eran policías o delincuentes. Recorrimos unos kilómetros y estaba la camioneta dorada antes mencionada, cruzada en medio del camino. Comenzaron a escucharse disparos. Escuchamos la palabra "policía' y con Irahola nos bajamos y corrimos hacia unos cañaverales, pensando que nos matarían. Me entró el real miedo, ya que estaba seguro de que si no me mataban algo me iba a suceder, por todos los problemas que mantenía con el secretario de Seguridad Aldo Rogelio Saravia.

Logré escapar y mi próximo destino fue La Quiaca y cruzamos por un paso clandestino a Villazón, Bolivia. Pernocté en diferentes ciudades de ese país y, finalmente, me asenté en Santa Cruz de la Sierra. Pasados unos días, comencé a informarme y grande fue mi sorpresa cuando en ningún momento se mencionaba un procedimiento por el dinero que trasladábamos, sino por infracción a la ley de estupefacientes. Desde ese día mi único objetivo es, y será, desenmascarar a Saravia. El nos ordenaba acciones no policiales, como controlar la red de computadoras del Grand Bourg, después que se retiraban los empleados a efectos de comprobar, especialmente en Prensa, si desde esas computadoras salía información a medios en contra del Gobernador. Estas actividades eran realizadas bajo coacción...”.



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